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Alpes japoneses: camino a Murodo

Alpes japoneses: camino a Murodo

Murodo, un pequeño enclave en la región centro norte de Japón, es un valle donde hay un hotel y un puñado de refugios alpinos. También ocurre que es el comienzo o final de una miríada de caminatas a lo largo y ancho de los alpes japoneses que, como su nombre lo indica, son una cadena motañosa que atraviesa parte del país y que guarda peculiar semejanza con los alpes europeos (en serio: faltaba la pura casita en la pradera y la rubia tirolesa). Nuestra misión era clara: partir desde Murodo y hacer los más de 60 kilómetros hacia el sur a través de riscos, valles y picos hasta el pueblo sagrado de Kamikochi.

Murodo valley

Como suele suceder en Japón, llegar a Murodo fue una aventura inesperada. Todo lo que investigamos en internet y guías turísticas lo ponían bien plano, lato y casi clínico: tomar un bus, luego tomar un teleférico, otro bus y arribar a Murodo. En la realidad, fue como entrar a un cómic de Julio Verne pintado por un impresionista.

Los urbanizados suburbios aparecían y desaparecían a bordo del bus, como si la ciudad nunca se terminara. Cabecéabamos de sueño, dormíamos y despertábamos todavía rodeados de civilización. No habíamos ni comenzado el viaje y ya estábamos exhaustos: habíamos pasado la mayor parte de la noche anterior repartiendo la ropa y provisiones entre las mochilas que cargaríamos y las maletas que dejaríamos en Tokio. Lidiar con harto equipaje es una curiosa paradoja en un país famoso por ser un centro de compras: el shinkansen (tren bala) no tiene muchos compartimentos para poner maletas grandes (y es un poco de cacho encontrarlos), los trenes normales, olvídalo; las estaciones de metro tienen lockers, pero a menudo no lo suficientemente grande para tu maleta de extranjero (que, lo más probable, es que no quepa por un miserable centímetro). Irse por una caminata de una semana y encontrar un lugar seguro para dejar la maleta en la ciudad no es mucho más fácil. Un gran punto para el hotel Citadines Shinjuku por su flexibilidad de almacenado, piezas espaciosas y precio módico (sí, esto es advertising inescrupuloso).

La próxima vez que abrimos los ojos nos costó creer lo que estábamos viendo. Como si el bosque valdiviano y la selva amazónica hubieran tenido un hijo, y lo hubieran abandonado en un cordón montañoso al otro lado del mundo. El bus se abría paso laboriosamente por una cuesta de curvas voluptuosas, con árboles llenos de musgo elongando sus ramas sobre el camino. De no haber estado nublado y con bruma, probablemente el verde nos habría dejado momentáneamente ciegos. Aún estábamos muertos de sueño, pero no pudimos quitar la vista de esas faldas montañosas por lo poco que quedaba de curvas. Pero el bus se detuvo, y recién nos percatamos de la enorme estructura de concreto donde terminaba el camino. La estación de… algo. ¿Fonicular? ¿Tranvía? ¿Teleférico? Difícil saberlo, sin caminos ni cables a la vista. Compramos los pasajes, tomamos las mochilas y nos apuramos al tercer piso, donde salía el siguiente método de transporte en pocos minutos.

Los funcionarios esperaron a que la sala de espera se llenara con la gente que iba en nuestro bus (todos japoneses menos nosotros), y abrieron las puertas para lo que se veía como otro bus. Al final resultó ser un bus eléctrico con un cable unido entre el techo y la red de energía que colgaba entre postes arriba de él, a modo de tranvía. Se llenó el primero, partió y entramos al segundo.

La máquina se puso en marcha con apenas un ronroneo de motor, y comenzó un serpenteo cerro arriba por una escueta huella de cemento. Tres curvas más adelante, giró para enfrentar el cerro, y no dobló más: entramos en un túnel pequeño. Lo suficientemente modesto como para que solo el bus cupiera, con un humilde metro de lado a lado y entre techo y techo. Adelante nuestro, el otro bus navegaba tranquilamente por las leves curvas, subidas y bajadas en el corazón de la montaña. Los lados del túnel estaban iluminados por lo que parecían focos de emergencia, mojados al igual que la pared por la cantidad de humedad.

Tunnel towards Kurobe dam

Luego de más de treinta minutos de conejeo por la intrincada red de túneles, el bus paró en lo que parecía una estación, y nos bajamos. Seguimos la muchedumbre por un pasillo más espacioso, rumbo a la salida que se anunciaba con un torrente de luz gris nublado. Cuando por fin logró escupirnos la montaña, nos topamos con una majestuosa vista: la represa de Kurobe. Estábamos a medio camino.

Kurobe dam

 

One Comment

  1. Que alegre, directo, claro, contundente relato, casi se navega por la experiencia del autor. Estoy gratamente sorprendido, que excelente excusa los maravillosos panoramas para disfrutar de tu escritura.

    Alejandro

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