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Echo Point a Pine Valley

Echo Point a Pine Valley

El día anterior nuestro progreso había sido bastante lento y, en cierto sentido, estábamos un poco detrás del itinerario inicial. La intoxicación matutina de Angel (cortesía de Strahan) fue un evento inesperado. Aun debilitada, se las arregló para caminar los once kilómetros de terreo barroso e irregular hasta Echo Point sin demasiado reclamo. En un comienzo le ofrecí que nos volviéramos, que arrendáramos una habitación en un hostal o acampáramos hasta que se sintiera mejor, pero lanzó un par de gruñidos y siguió caminando, todavía pálida.

El mal trago del día anterior significaba que este día nos esperaban algo así como 16 kilómetros, los cuales normalmente son fáciles de hacer si la superficie es más menos regular; con barro, raíces y rocas tiende a ser un poco más lento y arduo. Afortunadamente, mi compañera de viaje amaneció repuesta de sus dolencias, y por los primeros kilómetros tuve que apurarme detrás suyo para seguirle el paso.

Into the forest

Poco después de dos horas llegamos a nuestro destino inicial para el día anterior, el refugio de Narcissus. La cantidad de insectos y mosquitos que nos asediaron mientras almorzábamos nos hizo agradecer el que hubiéramos acampado en otro lugar la noche previa. Luego de un zamparnos los burritos de mantequilla de maní de almuerzo re-emprendimos la marcha hacia Pine Valley, el valle de los pinos.

Close to Echo Point

La primera mitad de esta sección la hicimos en buen tiempo, menos de dos horas para cinco kilómetros (no es tiempo récord, pero la idea era caminar sin demasiado apuro, disfrutar y pasarlo bien). El terreno era relativamente plano, con buenos caminos de planchas de madera y pocas secciones barrosas. La segunda sección resultó ser un poco más desafiante: nos sumergimos en el corazón del bosque de pinos que sube por el valle homónimo, lo cual significó más barro, raíces y rocas. Al mismo tiempo, pasamos un buen rato caminando lentamente, un tanto atónitos por la belleza del bosque.

Pine Valley forest

Era como sacado de un cuento de hadas. La temperatura había disminuido a unos cómodos veintitrés grados después de entrar bajo el techo de coníferas, y podíamos sentir cómo ese mar de helechos, musgo y árboles exhalaba oxígeno fresco. Varios metros arriba nuestro cantaban las ramas de los pinos mecidas a la voluntad del viento, mientras que a nuestro alrededor nos acompañaba el constante arrullo de riachuelos silvestres. Ese silencio de naturaleza, que apagaba el sonido de nuestros pasos a medida que avanzábamos, era casi íntimo.

Unas pocas horas más y llegamos al refugio. Montamos la carpa en el último sitio disponible, metimos todas las cosas a nuestra vivienda de nailon y cocinamos la cena. Burritos hindúes (llamados “chapati”) con puré y salsa de carne, qué delicia después de varias horas de caminar. Nos acostamos a contemplar los rayos de sol que estaban languideciendo sobre las copas de los árboles, y poco rato después ya estábamos dormidos.

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