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Pine Valley a Cynthia Bay

Pine Valley a Cynthia Bay

Cuando los primeros rayos de sol visitaron la carpa, nosotros ya estábamos casi completamente empacados. El tobillo que Angel se había torcido hacía solo un par de días nos iba a pedir un poco más de tiempo para caminar, y teníamos que llegar a Narcissus Hut antes del mediodía para tomar la lancha de vuelta a Cynthia Bay. Dicha embarcación nos iba a permitir ahorrarnos los barrosos 17 kilómetros que bordean todo el lago St. Clair, lo cual era bastante motivante a esas sudorosas alturas. Pero para llegar al muelle nos esperaban 11 kilómetros de subes y bajas, la mitad de los cuales estaban sembrados con piedras, raíces y barrizales.

Por mucho que me guste acampar, tengo que reconocer que siempre aprieto los dientes cuando enrollo la carpa con la base embarrada. En este caso, tuvimos que acampar en un sitio semi-pantanoso, cruzando los dedos para no despertarnos con barro hasta el cogote, y por más que fregamos la base impermeable para quitarle las hojas y cieno no hubo mucho caso. Agradeciendo que no llovió durante el proceso, amarramos la carpa a la mochila y nos pusimos en marcha.

Para nuestro deleite, y como suele suceder, la vuelta fue mucho más rápida que la ida. Angel sorteó raíces, piedras y pozas cual camarón en su salsa y, antes de darnos cuenta, habíamos llegado a la bifurcación que marcaba la mitad del camino. El lado izquierdo llevaba hacia el comienzo de la Overland Track, donde habíamos reculado aquel intenso primer día, por lo que venciendo la tentación y siguiendo el resto de sentido común que había sobrevivido el viaje nos fuimos a la derecha. De ahí en adelante la huella era relativamente plana y en varias secciones emplanchada, por lo que tomamos un breve descanso y proseguimos una vez que los mosquitos nos hicieron suficientes muestras de cariño.

Llegamos al muelle con una hora de anticipación, y nos sentamos en un claro cerca de la estructura de madera a esperar la goleta salvadora. Desde ahí contemplamos el lago, los incontables insectos que tan alegres estaban de vernos y el pequeño mar de gente apelotonada en el muelle. Dicho número superaba con creces al número de puestos disponibles en la embarcación y, si bien teníamos una reserva, la dudosa gestión de la compañía encargada del  transporte nos dejaba más bien intranquilos respecto a nuestro futuro inmediato.*

Waiting at the pier

Costaba creer que hacía solo unos pocos días habíamos estado caminando con nieve y rechinando dientes mientras nos abríamos paso en una tormenta de granizo horizontal; el sol nos estaba asediando inclementemente con sus treinta y pico grados de calor, y sin más alivio que una rala capa de nubes que estrechaba sus redes en el firmamento. Ni hablar de brisas. Semanas más adelante, la capital de Tasmania sufriría su día más caluroso en toda su historia registrada, con unos abominables 41.8 grados Celsius de temperatura y varios incendios en regiones aledañas.

Relativamente a la hora, llegó el ferry. Todo el mundo se agolpó en el muelle, y para nuestro alivio comenzaron a pasar lista de la gente que tenía reserva. Más de uno tuvo que quedarse abajo, lanzando miradas de sana envidia mientras se alejaba la embarcación. El camino de vuelta fue rápido; en menos de media hora recorrimos el equivalente a los 17 kilómetros que nos llevó casi dos días caminar. Ah, las bondades del transporte motorizado. A mitad de camino logramos reconocer la playita al lado del sitio donde acampamos, una de las muchas en la ribera del lago.

Ferry to Cynthia Bay

Una vez que atracó la galucha en Cynthia Bay, tomamos las mochilas e hicimos el check-in en el hospedaje al lado del puerto, con una merecida remojada de huesos en el pequeño jacuzzi que venía con la pieza. Ese fue el feliz fin de esta parte del viaje, aunque la caminata más larga y dura de esas semanas todavía estaba por venir unos días más tarde.

 

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